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Mictecacíhuatldiosa de la muerte,

Orígenes del Día de Muertos

El culto a la muerte ha sido una parte esencial de todas las civilizaciones a través de la historia. Sin embargo, en ninguna otra parte del mundo conmemora a la muerte de una manera tan arraigada, mística y alegre como se hace México. Mientras que en otras culturas se conmemora a la muerte,  de una manera solemne, nosotros, los mexicanos, nos llenamos de alegría y regocijo, con flores, disfraces, comidas, bebidas y cantos, para hacerles sentir a nuestros difuntos cuanto los seguimos amando. El primero y segundo día de noviembre, se festeja la fiesta mexicana más singular y emblemática, la cual ha llegado a formar parte de su identidad como nación: El Día De Muertos. 

Los mexicanos creemos que si a los muertos los recordamos con afecto, gratitud y jubilo, no dejarán de existir en nuestros corazones. En otras palabras, en el Día de Los Muertos, no es de luto, sino todo lo contrario, es una celebración a la vida, donde los muertos regresan convivir, aunque sea por un par de días, en todas las casas, cementerios, calles y plazas de México.

“Solo con tu amor yo puedo existir”. Recuérdame, Canción Original Coco, Pixar, Walt Disney Records, 2017. Escrita por  Robert López y Kristen Anderson López.  

El francés André Bretón (1896-1966), fundador y principal exponente del surrealismo, alguna vez mencionó que el amor que sentía por México, se basaba, entre otras cosas, por el poder que tenemos los mexicanos para conciliar la vida con la muerte.  

La Muerte en el Imperio Azteca, El Arduo Viaje a Mictlan y El origen del Día de Muertos. 

Los aztecas, también conocidos como mexicas, habitantes de Tenochtitlan, hoy Ciudad de México, tenían su propia manera de interpretar al mundo, la vida y la muerte. Para ellos, el culto a la muerte era un elemento fundamental de su cultura y tradiciones. Las creencias de los mexicas, estaban sustentadas en una visión cíclica del universo y por la tanto, veían a la muerte como una parte inherente a la vida.  De esta manera, las festividades en relación con la muerte se llevaban a cabo al inicio de la cosecha, ya que para ellos la muerte no era un fin, sino la posibilidad de renovación cíclica.  

Antes de la llegada de los españoles, los pueblos mesoamericanos no conocían concepto de infierno y paraíso, puesto que para ellos la muerte no tenía las connotaciones morales distintivas del catolicismo.  De esta manera, en el imperio azteca no se tenía ninguna preocupación por la muerte, ya que para ellos lo importante era la manera como se había muerto y no como se había vivido. Para los aztecas creían que el destino final de las almas estaban determinados únicamente por el tipo de muerte que habían tenido.

El inframundo reservado para aquellas personas que habían fallecido de manera natural, sé se le conocía como Mictlan, reino de  Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, dios y diosa de la muerte. Para llegar a Mictlán las almas debían atravesar pruebas difíciles por 4 años, en 9 distintos escenarios o niveles, en una especie de travesía purificadora, y de esa manera alcanzar el descanso eterno. Más aún, el pueblo mexica, creía que para guiar al alma durante este arduo recorrido era necesario que el difunto fuese  enterrado junto a un perro Xoloitzcuintle, el cual servía como guía en durante su recorrido. Aparte de su acompañante canino, en el mundo terrena, los familiares del difunto organizaban una serie festividades y ofrendas con el fin de también guiar al alma a su destino final, siendo este el origen histórico de las festividades del Día de Muertos, como las conocemos en la actualidad. 

Sin embargo, Mictlan no era el único lugar donde se iban las almas de los muertos,ya que evidentemente no todos fallecían de manera natural. Había otros tres inframundos: Omeyocan, Chichihualcuauhco y Tlalocan 

 Omeyocan. Paraíso del Sol, Reino de  Huitzilopochtli, Dios de la Guerra. Este lugar llegaban las almas que habían muerto en combate. Curiosamente, estas incluyen a las mujeres que habían muerto por parto y los cautivos que habían sido sacrificados. Llegar a Omeyocan era todo un privilegio, ya que durante su estancia iban a regocijarse en cantos y bailes perpetuos, para después regresar mundo terrenal en forma de aves como premio por su sacrificio. Chichihualcuauhco. Este paraíso estaba reservado para las almas de los niños difuntos. Según las creencias mexicas, en este sitio se encontraba un enorme árbol del cual goteaba leche y de esta manara se alimentaban los niños. Las almas que llegaban a este inframundo eran consideradas también privilegiadas, ya que estaban destinadas regresar a la tierra cuando se extinguiese la raza humana y gracias a ellos renacería de nuevo la vida. Finalmente, Tlalocan o paraíso de Tlaloc, el Dios de la lluvia. Este destino era para las almas que habían tenido una muerte relacionada con el agua, en otras palabras para las personas que habían muerto ahogadas. 

Día de Muertos: Un ejemplo más del mestizaje cultural

El Día de Muertos, representa el sincretismo de creencias prehispánicas con católicas que fueron adaptadas con fines evangelizadores por los frailes españoles después de la conquista. Desde El Mariachi, hasta La Piñata, pasando por la Talavera, el Día de Muertos es un ejemplo más de la mezcla de tradiciones Mesoamericanas y Españolas, las cuales hacen de México un país tan inmensamente rico en cultura y tradiciones.

Los aztecas llevaban a cabo muchas ceremonias relacionadas con la muerte, de las cuales se destacaban dos en particular: Miccailhuitontli,  fiesta donde regresaban al mundo terrenal los muertos chicos, y Huey Miccaihuitl, cuando lo hacían los muertos grandes. Sin embargo, a partir de la llegada de los españoles y la subsecuente imposición de creencias católica sobre indígenas, estas dos celebraciones se hicieron coincidir, de una manera creativa, con el Día de los Inocentes y el Día de los Muertos, respectivamente.  Así bien, El día de los inocentes, el cual se celebra el primer día de noviembre, se impuso al día de los muertos chicos o Miccailhuitontli. Y un día después, el día segundo del mismo mes, es el Día de Todos los Santos, donde regresan las almas de los adultos o Huey Miccaihuitl. 

 Los Altares del Día de Muertos

Según las creencias de la civilización azteca, para que las almas de los muertos pudieran iniciaran su trayecto para llegar a Mictlan, los vivos se encargaban de guiarles por medio de rituales. Primeramente, justo después de morir y antes de que el cuerpo fuera enterrado, se le cubría a este por cuatro días, con objetos personales que le pertenecieron mientras vivía, los cuales podría llegar a necesitar durante su recorrido al inframundo. Asimismo, el cuerpo, era simbólicamente alimentado con manjares, bebidas, y sus comidas preferidas. Después de cuatro días el cuerpo era enterrado y de esa manera su alma iniciaba su recorrido. Ciertamente, esta tradición no solo estaba enfocado en ayudar a que las almas descendieran, sino también servía para facilitar el proceso de duelo de los familiares y amigos. 

En la actualidad, los altares de Día de Muertos incluyen todo tipo elementos, desde los más comunes como papel picado, velas, alimentos, agua, calaveras de azúcar y crucifijos y rosarios, hasta objetos mucho más personales como mensajes escritos a mano y fotografías. Más aún, que Las ofrendas del Día de los Muertos sirven como vehículos para que los muertos cobren vida, aunque sea de una manera simbólica, y por esta razón es común encontrar objetos que los muertos disfrutaban cuando tenían vida, como sus libros favoritos, objetos que coleccionaban, o inclusive alcohol y cigarros. Las ofrendas de día de Muertos sirven para que los difuntos nos visiten, por medio de nuestros recuerdos, al invocar su forma de ser, sus virtudes y sus gustos, como un símbolo de afecto y amor.  Otro elemento comúnmente utilizado en los altares del Día de Muertos son las flores de Cempasúchil, las cuales con su fuerte aroma y vibrante color han sido utilizadas desde tiempos prehispánicos hasta la actualidad, para guiar a los espíritus en su regreso a casa.  

Las ofrendas a los muertos en el cristianismo son lugares suntuosos y grises, relacionadas con la veneración y el rezo. De lo contrario, las ofrendas del día de muertos son una toda una explosión de formas y colores, tan característica de la cultura mexicana. 

Día de Muertos, Halloween y el Consumismo

Algunas personas ignorantemente confunden al Día de Muertos con Halloween, por lo mismo es necesario distinguir entre ambas celebraciones.  

Las festividades de Halloween nacen en ritos de Irlanda del Norte, los cuales conmemoran el fin de la temporada de cosechas y el principio del año Celta. En Halloween se distorsiona a la muerte como una especie de invasión de seres temerosos, como fantasmas, brujas, o monstruos. Sin embargo, en el Día de Muertos no hay sustos de ninguna especie, sino todos lo contrario, en México le damos la bienvenida a los muertos de una manera divertida, con bailes, música y colores. 

Por desgracias, el Halloween se han comercializado a tal nivel que uno no percibir esta celebración sin relacionarla con productos de mercancía desechable de temporada que después de un uso acaban en la basura. Contrariamente, El Día de Muertos se festeja disfraces y altares, los cuales, más que con dinero, se hacen con mucha creatividad e imaginación. 

Algunos mexicanos temen que la fiesta de Halloween tome el lugar del Día de Muertos; sin embargo, no creo que esto llegue a acontecer, ya que esta festividad tiene un arraigo cultural muy profundo, el cual se ha divulgado muy recientemente a nivel internacional, en películas como James Bond 007, “Spectre” y “Coco” de Disney.  De todas formas es nuestra labor el divulgar nuestras tradiciones o costumbres, para que estas sigan vivas, y para esto debemos educar a las nuevas generaciones. Uno no puede olvidar que El Día de Muertos, forma parte de la identidad nacional mexicana. 

En una ceremonia, llevada a cabo en París en al año 2008, la UNESCO, (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura), distinguió a la festividad Día de Muertos como “Obra Maestra del Patrimonio Cultura Oral e Intangible de la Humanidad”.  El decreto dice: “… una de las representaciones más relevantes del patrimonio vivo de México y del mundo, y como una de las expresiones culturales más antiguas y de mayor fuerza entre los grupos indígenas del país… Ese encuentro anual entre las personas que la celebran y sus antepasados, desempeña una función social que recuerda el lugar del individuo en el seno del grupo y contribuye a la afirmación de la identidad” 

En otras palabras, para la UNESCO, el Día de Muertos es una de las representaciones culturales más ricas, no solo de México, sino del mundo entero. Por eso mismo fue digna de ser incluida en la lista del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, con el fin de ser  salvaguardada. Sin embargo, es nuestra responsabilidad, no solo como mexicanos, sino como miembros de la raza humana, que se distinga las festividades del Día de Muertos como originarias de México y de esta manera preservarlas como lo que son: un tesoro cultural de México para el mundo. 

La Flor de  Cempasúchil

Uno de los elementos más significativos en los altares y ofrendas del Día de  Muertos, tan simbólico como las calaveritas de azúcar y el papel picado, es incuestionablemente La Flor de Cempasúchil. 

Esta flor crece en otoño, después de la época de lluvias, y su ciclo de vida coincide con el festejo del Día de Muertos, el primer y segundo día de noviembre. 

Flor Originaria de México, las raíces nahuas de palabra Cempasúchil viene de la fusión de dos vocablos. El primero, Cempoal que significa 20 y el segundo, Xóchil, que significa flor o pétalo. O sea, Flor de 20 pétalos. 

Las civilizaciones prehispánicas creían que los pétalos de naranjas y amarillos intensos guardaban los rayos del sol, y su fragancia tenía la capacidad de atraer aún después de la vida terrenal. Por esto, es costumbre formar senderos con esta flor, ya que se cree desde tiempos muy remotos, que sus intensos colores y fuertes aromas guían a las almas de los difuntos hasta los altares que les han hecho sus seres queridos.

La Muerte, una cotidianidad

Dentro del actual arte popular mexicano la muerte se presenta sin la grandeza de las esculturas prehispánicas y sin la trágica premonición de sus equivalentes españoles; es una premonición que se nutre de la de la ocurrencia satírica, que provoca la sonrisa irónica; la muerte ha dejado de tomarse en serio, una muerte de rasgos humanos, el amigo o el compadre con quien nos permitimos gastar una broma.  La Muerte en el Arte Popular Mexicano, Elektra and Tonatiuh Gutiérrez, Artes de México, Número 145, 1971. página 75

Un elemento que distingue a la cultura mexicana, con la de otros países, es la relación que en México se ha tenido históricamente con el concepto de la muerte. Desde épocas precolombinas, nunca hemos relegado o temido a la muerte, sino todo lo contrario, nos hemos relacionado con ella de una manera directa y hasta a veces humorística. Es bien sabido, en México, es imposible entrar a una feria, centro comercial, restaurante o escuela sin ver a las emblemáticas calaveras por todos lados. 

El Mexicano tiene un vínculo muy arraigado con la muerte, lo dicen sus festividades, costumbres y manifestaciones artísticas.  Por ejemplo, es común ver a padres regalar a sus hijos pequeños calaveras de azúcar con su nombre escrito en la frente, para que se la coman, en una especie de comunión, como si fuera lo más normal del mundo, y también  los esqueletos ocupan un lugar importante entre sus juguetes. 

Mientras que para el europeo la simple mención de la muerte es considerada tabú, el mexicano se ha familiarizado con este concepto desde muy temprana edad.

La muerte ha sido un tema universal de expresión artística en todas las grandes civilizaciones; sin embargo, en ninguna cultura ha representado a este concepto como se ha hecho en México. Gracias a las ilustraciones del grabador José Guadalupe Posada, la calavera, o esqueleto, se ha convertido en uno de los temas más relevantes y recurrentes en arte popular. Las calaveras, en el arte popular mexicano, se caracterizan, no por aparentar estar muertas, sino todo lo contrario, representan interacciones en escenas de la vida cotidiana. La calavera interactúa en todo tipo de circunstancias, como fiestas, pleitos callejeros o súplicas amorosas, caracterizando todo tipo de personajes, o en esta caso calaveras, desde la famosa catrina, hasta toreros, mariachis, y sirenas. El arte popular mexicano, a través de sus calaveras, nos invita, de una manera muy sarcástica, a reírnos de nuestro inevitable final. ¿Qué se puede decir de dos muñecos, que representan una pareja en su boda y son en realidad una pareja de esqueletos? 

Inevitablemente, estas calaveras, tan cotidianas, indiferentes y libres de angustia, nos llevan a preguntarnos si realmente son veneraciones a la muerte o festejos a la vida. Como lo dijo el premio novel de literatura, Octavio Paz: “El cuto a la vida, si de verdad es profundo y total, es también culto a la muerte. Ambas son inseparables. Una civilización que niega la muerte acaba por negar la vida”.

Porfiriato

Revolución Mexicana

José Guadalupe Posada

José Guadalupe Posada y Su Tiempo

Sin lugar a dudas, uno de los más grandes exponentes y defensor de temas nacionalistas, en el arte mexicano fue el dibujante, litógrafo y grabador José Guadalupe Posada. Nacido el 2 de febrero de 1852 en la ciudad de Aguascalientes, Posada fue uno de nueve hermanos, hijos de un panadero, quien con su buril sobre plancha de metal realizó más de 15 mil grabados, convirtiéndose el cronista y denunciante más importante de la vida cotidiana de México de fines del siglo XIX y principios del XX.  José Guadalupe aprendió desde muy joven distintas técnicas de grabado y trabajo en una gran cantidad de publicaciones, revistas y periódicos a lo largo de su vida, no obstante, fue con el editor Antonio Villegas Arroyo, en la Ciudad de México, donde Posada creo sus más célebres e influyentes grabados. Como por desgracias suele pasar con los grandes talentos, murió en la total pobreza, en una vecindad del popular barrio de Tepito, de la Ciudad de México, en 1913, y como nadie reclamo su cuerpo, fue enterrado en la fosa común. Siendo cruelmente olvidado, ni se le coincidió una humilde lapida en su tumba, pero paradógicamente, pero fue este mismo tema, la muerte, el que lo inmortalizo. Más aún, a pesar de ser uno de los artistas más influyentes en la historia del arte mexicano, solo se conocen dos fotografías de Posada, siendo la más célebre la que apareció en la portada de la Revista “Hoy” publicada en el año de 1952, donde posa frente a su taller. 

Para entender la obra de Posada primeramente habría que analizar el México donde él vivió. José Guadalupe nació justo a medidos del siglo XIX, en un México que apenas se acababa de independizar hace poco más de tres décadas y en donde la mayoría de la población no sabía leer ni escribir. Consecuentemente, los grabadores de revistas y periódicos, en aquella época, se adjudicaron la tarea de divulgar los hechos de trascendencia nacional usando la caricatura como detonante de la opinión y no la letra escrita. De esta manera, era de suma implantaría que las ilustraciones periodísticas, como en las cuales Posada plasmo sus grabados, fueran lo suficientemente expresivas, sencillas y cómicas para atraer la atención del público analfabeto. José Guadalupe expuso de forma gráfica a la sociedad mexicana: a personajes del momento, artistas, políticos, y utilizo a la muerte, o más bien a las calaveras, como protagonistas centrales en vez de personas en vida, consolidando así al Día de los Muertos en sus interpretaciones de la vida cotidiana. 

La gran mayoría de los grabados de Posada se llevaron a cabo durante la dictadura Porfirio Díaz (1884-1910), periodo conocido como porfiriato, etapa en la cual hubo grandes avances tecnológicos y relativa paz social. Sin embargo, a cambio de este crecimiento, hubo un incremento notable en la desigualdad. Con el lema de “Orden y Progreso”, Porfirio Díaz introdujo la comunicación telefónica, los ferrocarriles y los primeros automóviles empezaron a circular; sin embargo, tales avances nunca llegaron a las clases bajas, lo que detono la Revolución Mexicana y la subsecuente salida de Díaz del poder. Los grabados de Posada   evidenciaron las desigualdades y sufrimiento del pueblo, utilizando a la calavera de una manera muy ingeniosa, como instrumento de crítica social y política, estableciendo a la misma en el imaginario colectivo mexicano. 

Durante el porfiriato, José Guadalupe Posada utilizo sus publicaciones para denunciar los excesos y pretenciones de la clase política, haciendo un análisis, muy imaginativo y caricaturesco, de una sociedad en decadencia. 

“Seguramente, ninguna burguesía ha tenido tan mala suerte como la mexicana, por haber tenido como relator justiciero de sus modos, acciones y andanzas, al grabador genial, el incomparable Guadalupe Posada”. Diego Rivera. 

De hecho, historiadores, afirman que Posada fue quien mejor retrato las razones del primer conflicto armando del siglo XX, La Revolución Mexicana, la cual cobro más de un millón cuatrocientas mil vidas a lo largo de una década, disparando las primeras balas, claro está, de manera alegórica. 

La Catrina Garbancera

Las Calaveras de Posada

Para entender las mordaces críticas de José Guadalupe Posada ante las desigualdades de su época, hay que primero analizar porque utilizo a la muerte, o las calaveras, como tema principal. El célebre grabador y cronista parece decirnos de una manera muy directa y mordaz que todos, ricos y pobres, tenemos algo en común: todos vamos a morir. De esta forma, José Guadalupe cree fielmente que la única venganza del oprimido es la muerte, ya que después de ella, todos, privilegiados y desafortunados, acabamos siendo lo mismo, una calavera. En otras palabras, todos somos, como dijo el grabador: “calaveras de montón”. Por esa misma razón, José Guadalupe plasmó imágenes satíricas de todo tipo de calaveras, desde autoridades hasta revolucionarios, pasando por campesinos, y comerciantes, sin olvidar, claro está, a su mundialmente célebre garbancera catrina. 

“La muerte es democrática, ya que a fin de cuentas, güera, morena, rica o pobre, toda la gente acaba siendo calavera.” José Guadalupe Posada. 

Una de las aportaciones más importantes de Posada, en lo que se refiere al imaginario colectivo, fue que al plasmar tantas calaveras en tan distintas circunstancias cotidianas despojo a la muerte de su característica solemnidad religiosa.  En otras palabras, Posada, entre carajadas, uso la sátira como vehículo de denuncia social y al mismo tiempo cambio la perspectiva intimidante de la muerte, convirtiéndola en una imagen denodadamente caricaturesca.

Sin lugar a dudas, el personaje imaginario, más satírico, humorístico y representativo en las mordaces críticas sociales de Posada, fue su garbancera, la cual encarna la decadencia de la sociedad en la que vivo.   El nombre “garbancera” viene del hecho de que algunas mujeres de ascendencia indígena, ocultaban sus raíces y vendían garbanzo en lugar del popular maíz mexicano, pretendiendo formar parte de la aristocracia. Así mismo, La Garbancera se distingue por su atuendo victoriano, con sombrero emplumado o con flores, guantes y sombrilla. Cabe mencionar que durante los tiempos de Posada había distinciones muy denotadas en la vestimenta de las personas de clase alta y la gente del pueblo. Por eso mismo, la aristocracia, o quien pretendía formar parte de ella, vestían atuendos europeos, sobre todos franceses o ingleses, y de esa manera diferenciarse la gente común. La Catrina garbancera de José Guadalupe Posada personifica la ridiculez de un sector de la sociedad, que acomplejadamente rechaza lo mexicano como inferior, a favor de tendencias europeas, con el fin de pretender ser algo que no es. 

Diego Rivera, Sueño de una Tarde Dominical en la Alameda Central (Click para agrandar)

Diego, Frida, La Catrina Garbancera, y J.G. Posada (Click para agrandar)

Posada y El Arte Contemporáneo en México 

José Guadalupe Posada es considerado el artista gráfico más importante de México. Más aún, muchos historiadores creen que su obra marco un antes y un después en lo que se refiere al arte mexicano, ya que consideran que fue el quien abandono estampas académicas, abriendo así la puerta a un tema que se negó durante siglos: el nacionalismo. Hoy en día, sus calaveras forman parte del imaginario del pueblo mexicano, convirtiéndose estas en elementos trascendentales de la cultura popular en todas sus manifestaciones. 

Así mismo, la trinidad del muralismo mexicano, Diego Rivera, Jose Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros admitieron, en su tiempo, ser admiradores y seguidores de Posada, considerándolo el precursor del movimiento nacionalista en las artes. De hecho, Orozco, llego a relatar que pasaba de niño de camino al colegio por el taller de Posada para admirar su trabajo y esto influyo a que escogiera la pintura como profesión. 

“Posada trabajaba a la vista del público detrás de la vidriera que daba a la calle y yo me detenía encantado por algunos minutos, camino a la escuela, a contemplar al grabador… Este fue el primer estímulo que despertó mi imaginación y me impulsó a emborronar papel con los primeros muñecos, la primera revelación de la existencia del arte de la pintura.” José Clemente Orozco, en 1971. 

Según Diego Rivera, también ferviente defensor de temas nacionalistas y populares, Posada personificaba el “prototipo de artista del pueblo” convirtiéndose en su objeto de adoración. 

El más grande homenaje que pudo haber realizado Diego Rivera a Posada, obra que catapulto al mito de la garbancera-catrina, es un mural de 4.17 x 15.67 metros, el cual estuvo inicialmente en el Hotel de Prado, pero después del terremoto de 1985, fue trasladado al Museo Mural Diego Rivera, en la Ciudad de México, y lleva por título “Sueño de una Tarde Dominical en la Alameda Central”. 

Esta obra mural es una representación cronológica-alegórica, de izquierda a derecha, de la historia de México, con personajes claves, de muy distintas épocas, como Hernán Cortés, Sor Juana Inés de la Cruz, Maximiliano de Habsburgo, Benito Juárez, Porfirio Díaz y Francisco I. Madero, entre muchísimos otros. Pero allí está, en el centro de esa obra maestra mural, un lugar de honor en la historia de México, José Guadalupe Posada, tomando el brazo izquierdo de su creación y máximo símbolo del arte popular mexicano, de la muerte, la catrina, su catrina, mientas que toma ella de su brazo derecho, a la versión infantil del autor, Diego Rivera. 

Arte Tradicional y Arte Digital

La pintura ha sido un medio de expresión a lo largo de la historia de la humanidad. De hecho, la pintura al óleo, mediante pigmentos rupestres, se utiliza ya en el siglo VII. Sin embargo, en los últimos cuarenta años, y más significativamente, tras el auge de la Internet y mas recientemete la inteligencia artificial, ha habido un aumento sustancial en el uso de tecnologías digitales que han permitido que florezca el arte digital.

Evidentemente, el arte tradicional utiliza medios, como pinturas al óleo, acrílicos y acuarelas, para producir arte, mientras que el arte digital utiliza tecnologías como hardware y software. Sin embargo, hay ciertas características muy distintas entre ambos que siempre hay que tener en cuenta.

Una experiencia sensorial: La diferencia más evidente entre el arte tradicional y el digital es que el primero utiliza medios físicos como pinturas al óleo/acrílico, lienzos y pinceles, en lugar de pantallas de computadora y lápices ópticos. En otras palabras, el arte tradicional se puede tocar, oler, durante el proceso de creación y después de que se haya completado. Esto construye una conexión entre el artista y su trabajo, o la persona que compró el arte. IE el coleccionista.

Sin botón Copiar/Pegar: En el arte digital, el artista usa un lápiz óptico para “pintar” en la pantalla de la computadora en lugar de pinceles y pintura sobre lienzo. Esto le da al artista digital la capacidad de crear trazos uniformes, fluidos y, si lo desea, idénticos. En contraste, el artista tradicional pinta trazos únicos cada vez. En otras palabras, siempre hay una mezcla única de colores y precisión manual en cada trazo. Además, en el arte digital, el artista puede simplemente “cortar” y “pegar” un determinado elemento de su creación en lugar de pasar por el proceso de hacerlo nuevamente.

No hay botón de deshacer tampoco: En el arte digital, todo se hace a través de capas que no solo se incrementan entre sí, sino que también le dan al artista la capacidad de separar, alterar, reordenar o eliminar una capa en particular, sin afectar a las demás, con facilidad. Por el contrario, en el arte tradicional, las capas siguen aumentando a medida que las pintas físicamente y los errores no se pueden deshacer por completo. Esta restricción obliga al artista a encontrar soluciones a situaciones específicas, lo que finalmente hace que el artista mejore sus habilidades.

Además, el arte tradicional no es posible duplicarlo, incluso si está pintado por el mismo artista, y esta “singularidad” es su beneficio más preciado y lo que le da valor. Las imperfecciones del arte tradicional no son solo lo que lo hace único, sino que al mismo tiempo lo hace hermoso. Claramente, Internet ha hecho que el arte digital sea más accesible, sin embargo, la tecnología es una amenaza para la originalidad, porque el arte digital siempre carecerá de ese toque humano.

En resumen, la tecnología aprovecha las herramientas digitales, como la inteligencia artificial, para crear arte, lo que permite una producción más rápida. Las técnicas artísticas tradicionales se centran en las habilidades manuales y el dominio de los materiales, enfatizando el toque único del artista.

Paco Díaz Cuéllar

Graduado con una Licenciatura en Economía Internacional de la Universidad Americana de París en 1994.
                                        Miembro de Omicron, Delta, Epsilon                                           
Sociedad Internacional de Honor en Economía

 

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